¿Alguien recuerda el ingenioso eslogan que utilizó el gobierno porteño de Fernando de la Rúa, si la memoria no me traiciona, para concienciar a los ciudadanos de Buenos Aires para que levantaran las deposiciones de sus mascotas? Sí, seguramente se acuerdan de la frase… de lo que nadie habla es de los resultados que la supuesta campaña tuvo. Pues ninguno, al igual que las otras mal llamadas “campañas” que los gobiernos de turno implementaron a expensas de los contribuyentes. Los cestos negros con el simpático perrito dibujado, que además, oh maravilla, expendían bolsitas al tono (esas eran de Ibarra, o mejor, dicho, de un amigo de Ibarra), y tantas otras bellezas por el estilo.
Los porteños seguimos siendo un pueblo que camina mirando para abajo, no tanto por la folklórica melancolía tanguera, sino para evitar pisar los restos orgánicos que los cada vez más numerosos canes abandonan a su paso por las veredas. Y salvo alguno que otro ciudadano formado seguramente en ciudades europeas o norteamericanas (donde las campañas sí se hicieron sentir) lleva la bolsita y la palita, o simplemente el papel de diario, para recoger lo que su amado perrito “depuso”. La mayoría silba bajito y se va mirando orgullosamente al frente, o no, abajo, por si otro animalito pasó por esa vereda antes que el suyo.
¿Es tan difícil hacer que los guardias urbanos, los policías, los inspectores sanitarios y/o cualquier otro funcionario de la Ciudad tenga el poder de reprender al dueño de la mascota que no recoge las excretas? ¿Y que pueda llevarse un registro de esos “apercibimientos”, para que a la segunda infracción se pueda multar al descuidado? ¿Es posible empezar la campaña haciendo conciencia en los niños de edad escolar, y que sean los niños los que les recuerden a sus padres desmemoriados que no levantaron el “popó” de Toby? ¿O será que una campaña de educación ciudadana, acompañada de sanciones efectivas, no beneficia a ningún empresario amigo?
Un dato a tener en cuenta, además: en Buenos Aires, hay cada vez más perros y menos niños… Es hora de que los pocos infantes que quedan puedan empezar a mirar para arriba, para que vean el cielo de la ciudad, las cúpulas, los balcones, los árboles añosos y, por qué no, otra vez alguno que otro afiche que recuerde a los olvidadizos que lo que hace tu perrito, es tuyo, no del vecino…
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