Un balcón que da a una calle porteña del barrio de Caballito. Una pareja de ancianos toma mate mirando la mañana gris. De tanto en tanto, ella pide una “seca” del cigarrillo que aparentemente encendió él.
No se sabe cómo llegaron juntos hasta acá, pero ahí están, compañeros, cómplices en el pucho encendido que seguramente el médico les prohibió. Más tarde, probablemente él salga a hacer las compras al mercadito de la vuelta y ella se ponga a pelar las legumbres para la sopa. Con suerte, él volverá a su departamento del primer piso antes de que se largue la tormenta. O lo sorprenderán las primeras gotas y ella le alcanzará amorosa la toalla y le recordará dónde quedaron las pantuflas.
Al mediodía, frente a la pantalla de la tele, comentarán las noticias. Qué barbaridad, viejo, menos mal que saliste temprano, mirá si te agarraba el agua para cruzar la Rivadavia… Y por una vez él no extrañará la salida temprano para ir a trabajar, ni ella echará de menos a los niños pequeños a los que acompañaba todos los días cuando iban a la escuela.
jueves, 28 de febrero de 2008
sábado, 23 de febrero de 2008
¿Arte callejero o mendicidad disfrazada?
Acababa de salir de un penoso viaje en subte durante el cual un lastimoso personaje de los que lamentablemente pueblan las calles de Buenos Aires había masacrado un charango intentando cantar una canción irreconocible para conseguir algunas monedas, cuando me encontré, en el túnel que une la línea E con la D, con un conjunto de jóvenes músicos que ejecutaban con gracia y dedicación un tema folklórico con instrumentos clásicos. No alcancé a quedarme a escucharlos: estaba apurada, como casi todos esa hora de la mañana. Pero con alivio deposité al pasar una moneda en la caja abierta del violín, y los miré con cierta ternura, cargada todavía del peso en el corazón que me había producido el atentado contra el arte del que había sido testigo previamente.
No me malinterpreten, no. No hablo contra el pobre hombre que creyó que tenía que salir a buscarse la vida de esa penosa manera. Me duele que se bastardice el arte, que se crea que cualquiera puede cantar o tocar un instrumento para que otros escuchen (bajo la ducha, todos cantamos, no me opongo). Me subleva que alguno piense que empuñar una guitarra o una flauta obliga a otros a "pagar" por el servicio...
Porque artistas callejeros hay muchos, y algunos realmente buenos. Más allá de las preferencias musicales de cada uno, cabe recordar que Edith Piaf y otros más cercanos, como Kevin Johansen o el propio Arjona, empezaron recorriendo calles y trenes. Algunos inclusive fueron consagrados por otros artistas, como el hombre de la publicidad de Metrovías cuyo nombre ahora no recuerdo, o la chica que canta tangos en el colectivo 29 y que fue registrada y entrevistada por una periodista amiga. Y muchos de ellos tocan o cantan para ganarse el pan, o al menos, para pagarse los estudios de música.
Lo que me duele es la mentira, la medicidad disfrazada de otra cosa, la banalización de algo tan inherente a la cultura humana como es la música. Y lo que me revienta, directamente, es cuando un adulto ya degenerado por la corrupción obliga a un niño a exhibirse frente a los otros para conseguir una forzada simpatía. "Ahora les voy a cantar una canción", y arranca el irreconocible carnavalito o la cumbia de moda... "¿Me aplauden?". No, no te aplaudo, y tengo que contener mis ganas de ir a surtir a patadas al delincuente que te mandó a "cantar".
¿Me vendés algo? Te lo compro, porque tu trabajo es digno, aunque sea para otro (esto ya es tema para una reflexión más amplia, obviamente). Pero no me digan que sos un pequeño artista callejero, una promesa, un momento para agradecer y celebrar.
A los anónimos artistas que me colmaron el alma en el pasaje subterráneo, ¡muchas gracias!
No me malinterpreten, no. No hablo contra el pobre hombre que creyó que tenía que salir a buscarse la vida de esa penosa manera. Me duele que se bastardice el arte, que se crea que cualquiera puede cantar o tocar un instrumento para que otros escuchen (bajo la ducha, todos cantamos, no me opongo). Me subleva que alguno piense que empuñar una guitarra o una flauta obliga a otros a "pagar" por el servicio...
Porque artistas callejeros hay muchos, y algunos realmente buenos. Más allá de las preferencias musicales de cada uno, cabe recordar que Edith Piaf y otros más cercanos, como Kevin Johansen o el propio Arjona, empezaron recorriendo calles y trenes. Algunos inclusive fueron consagrados por otros artistas, como el hombre de la publicidad de Metrovías cuyo nombre ahora no recuerdo, o la chica que canta tangos en el colectivo 29 y que fue registrada y entrevistada por una periodista amiga. Y muchos de ellos tocan o cantan para ganarse el pan, o al menos, para pagarse los estudios de música.
Lo que me duele es la mentira, la medicidad disfrazada de otra cosa, la banalización de algo tan inherente a la cultura humana como es la música. Y lo que me revienta, directamente, es cuando un adulto ya degenerado por la corrupción obliga a un niño a exhibirse frente a los otros para conseguir una forzada simpatía. "Ahora les voy a cantar una canción", y arranca el irreconocible carnavalito o la cumbia de moda... "¿Me aplauden?". No, no te aplaudo, y tengo que contener mis ganas de ir a surtir a patadas al delincuente que te mandó a "cantar".
¿Me vendés algo? Te lo compro, porque tu trabajo es digno, aunque sea para otro (esto ya es tema para una reflexión más amplia, obviamente). Pero no me digan que sos un pequeño artista callejero, una promesa, un momento para agradecer y celebrar.
A los anónimos artistas que me colmaron el alma en el pasaje subterráneo, ¡muchas gracias!
martes, 12 de febrero de 2008
Vacaciones gasoleras
Tuve varias versiones de vacaciones gasoleras en mi vida, pero quizás estas que acabo de pasar me confirmaron que las de cargar con la propia carpa son las mejores. No voy a hablar del lugar elegido, en este caso, porque eso merece una entrada especial. No, voy simplemente a reafirmar que la vida al aire libre, en condiciones muchas veces adversas, en contacto con la naturaleza y con otros humanos que están haciendo la misma experiencia que uno o, al menos, una similar, es altamente gratificante.
Estuve ocho días en un pequeño camping cerca del mar, en un lugar poblado de árboles y de pájaros, conocí gente que en otras circunstancias seguramente no hubiera conocido, me hice de nuevos amigos, me olvidé de que existen la tele e internet, compartí más de una semana con mi hija de casi 20 años sin discutir más que cuando puse unas pilas comunes a recargar... ¿no es suficiente para sentirme feliz?
Un par de bicicletas alquiladas en el pueblo, una iglú para dos que no se voló con el viento ni se mojó con la lluvia, un quincho amigable y las comidas caseras de un cocinero melómano, todo sumado a los cielos interminables de Mar del Sur. ¿Hace falta más?
No sé con qué excusa voy a volver el año que viene. Y estoy casi segura de que la aventura del tándem madre hija probablemente se va a terminar. Pero tengo la certeza de que esto es lo que quiero para mí y para compartir.
¿Poca plata para vacacionar? ¿Una carpa, propia o prestada? No dejen de pensarlo, que no se van a arrepentir.
Estuve ocho días en un pequeño camping cerca del mar, en un lugar poblado de árboles y de pájaros, conocí gente que en otras circunstancias seguramente no hubiera conocido, me hice de nuevos amigos, me olvidé de que existen la tele e internet, compartí más de una semana con mi hija de casi 20 años sin discutir más que cuando puse unas pilas comunes a recargar... ¿no es suficiente para sentirme feliz?
Un par de bicicletas alquiladas en el pueblo, una iglú para dos que no se voló con el viento ni se mojó con la lluvia, un quincho amigable y las comidas caseras de un cocinero melómano, todo sumado a los cielos interminables de Mar del Sur. ¿Hace falta más?
No sé con qué excusa voy a volver el año que viene. Y estoy casi segura de que la aventura del tándem madre hija probablemente se va a terminar. Pero tengo la certeza de que esto es lo que quiero para mí y para compartir.
¿Poca plata para vacacionar? ¿Una carpa, propia o prestada? No dejen de pensarlo, que no se van a arrepentir.
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