sábado 18 de junio de 2011

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Esta mañana tuve un percance insignificante, de esos que ni vale la pena mencionar, pero que me inspiró para hacer esta entrada. Resulta que como todas las mañanas-madrugadas de sábado llegué a San Martín y me dirigí rápidamente al McDonald's, para desayunar antes de ir a dar mis seis horas corridas de clase. Después de una hora y media de viaje y tres cambios de bus, mi coordinación motriz viene en picada, así que al subir al primer piso con mi café recién servido apoyé mal la bandeja y desparramé la totalidad del líquido sobre mi mesa, las sillas y todo lo que las rodeaba. Abochornada, bajé resuelta a explicar el problema y a pagar un segundo café, ya que sin mi dosis diaria de cafeína no acierto a sostener la mañana. La manager de turno, muy amablemente, me dijo que pidiera otro y que ya iban a ir a limpiar el desastre. Para mi sorpresa, me lo sirvieron diligentemente y no me quisieron cobrar.

Fue entonces cuando pensé, "claro, es lo que corresponde". Un accidente es un accidente, y la empresa que cuida a sus clientes se los hace saber de esta manera. No correspondía que tuviera que comprar otro café, pero el maltrato al que estamos acostumbrados me hacía pensar lo contrario. Bien por su política de "costumer" (con perdón), bien por no hacerme sentir más tonta de lo que ya me sentía, bien por haberme ganado para el resto de las madrugadas de sábado. Me gusta.

jueves 16 de junio de 2011

Gracias, Carlitos

(Un regalo de Carlos Carossini, escrito ayer, 15 de junio de 2011)

Diminuta y delicada,
como el escaso tiempo que nos diste.

Ya no recuerdo si abriste los ojos
o si no fue necesario para lo que viniste a hacer.

Pero quizás sí llegaste a soñar
un sueño más largo que tus propios días,
ese que pudo haberte llevado,
minuciosamente,
a recorrer las imágenes
del destino que no pudo ser.

Decidimos no llorarte,
porque naciste en tierra de sangre y de coraje
para allí quedarte.
Vaya a saber qué haces hoy
en esos lugares,
que tan poco entendimos
los que fuimos a entender.

Tu breve lucha
no fue poca ni estuvo sola,
porque alcanzamos a darte
esperanza a borbotones,
que seguro te llevaste
entre tus pliegue heridos,
como cintas de leves llamas.

No pasa día que no aprendamos algo de ti,
cuando irrumpes entre mates y almohadas.
Las letras de tu nombre
son eternidad entre nosotros,
Alejandra.

sábado 27 de diciembre de 2008

Postal de verano

Iban tomados de la mano. Así, como adolescentes despreocupados. Ella tenía el cuerpo firme todavía, el peso justo, la mirada fresca, a pesar de las canas. Él también se veía cuidado, de paso seguro, aunque las chapas se le habían volado hace ya tiempo. Caminaban alrededor del parque en el mismo sentido que yo, y no me animé a echarles más que una mirada curiosa, apenas suficiente como para imaginarme muchas cosas. ¿Hace mucho que estaban juntos? ¿Eran compañeros de toda la vida? ¿O se habían conocido cuando ambos necesitaban restañar viejas heridas?

No lo sé, y creo que realmente no importa. Me gustó esa forma de caminar juntos, de la mano, como pares, amigos, socios en esta etapa del viaje. Y confieso que por un momento, solo por un momento, sentí un poquito de envidia…

viernes 13 de junio de 2008

Malditas estadísticas

Lo dicen todos los registros, no hay caso. Por más que una se esfuerce en ignorarlos, los datos de población de la Ciudad de Buenos Aires indican que la féminas estamos en mayoría, en una proporción lamentable de 87,1 hombres por cada 100 mujeres. Lamentable, digo, porque lo que las estadísticas no dicen es que encima, somos más las mujeres que estamos solas, porque, como bien lo recordaba un memorioso de tiempos lejanos, cuando se decía que había siete mujeres para cada hombre en esta ciudad, siempre había un vivo que tenía catorce. Sacando las exageraciones propias de los porteños, una mirada objetiva en cualquier café de la ciudad vale más que mil palabras y que los agujeritos en la planilla de un censista.

Cabildo y La Pampa, barrio de Belgrano, viernes, once de la mañana. En una ruidosa mesa se agrupan nada menos que diez mujeres ya veteranas en su mayoría. Una mesa más allá, otras cuatro, éstas un poco más jóvenes. ¿Hombres solos agrupados? Sí, una mesa completa… con cuatro gerontes simpatiquísimos, pero que parecen escapados del hogar para “personas mayores”. 14 a 4, ¡parece el resultado de una goleada histórica!

Una cosa es verdad: las mujeres, y está también dicho y escrito miles de veces, somos más proclives a salir en grupo. No nos asusta que nos califiquen de posibles lesbianas, no nos amedrenta la idea de dar lástima. Los hombres solos, según dicen, solo se juntan para ir al fútbol o al billar. ¿Será que no hay lugar para exhibir la amistad masculina, salvo que sea en actividades consideradas “de hombres”? Tomar café, conversar, ir al cine o juntarse para cenar, ¿son patrimonio exclusivo de nosotras?

viernes 6 de junio de 2008

Más arte callejero

Se identificó como docente. Traía una guitarra, el aire cansado y la ropa modesta y gastada. Explicó brevemente, para los que no lo conocíamos todavía, que era maestro de música, pero que había abandonado la profesión un tiempo y que ahora le costaba reinsertarse en el sistema. Luego empezó a cantar, sencillo, entonado, sin pretensiones. Nos ofreció tres temas, todos del rock nacional, y cada uno introducido por una breve presentación con tono de arenga... "Esto es para los memoriosos que no se rinden", "ésta para los que todavía creen que se puede". Hurgué en mis bolsillos en busca de monedas: no tenía (las monedas son más preciadas que las pepitas de oro en este tiempo en Buenos Aires). Recordé un billete de dos pesos y me dije "el momento lo vale". La sonrisa agradecida de un maestro sin laburo, también.

miércoles 28 de mayo de 2008

Olfato de periodista

Un día se apareció por la redacción con una nota insólita: una señora sacaba a tomar sol a sus tortugas en una plaza del barrio de Almagro. Más de uno de los que estábamos ahí nos miramos y pensamos "a ésta se le piantó la tortuga". No a la señora, a la periodista... Días más tarde, la misma inquieta cronista de la vida se trepó a lo más alto de una torre abandonada, en lo que iba a ser el parque de diversiones más grande de Sudamérica y quedó como tantos otros proyectos en el olvido, y luego de dos horas de subida acompañada solo por un intrépido bombero sacó fotos y tomó notas para deleitarnos con uno de sus mejores artículos para Infobae. La fuimos conociendo de a poco, primero como al bicho raro que tenía el atrevimiento de salir a hacer periodismo en la calle, luego como a la psicóloga recién recibida que daba buena parte de su cargada jornada para atender gente "chapita" en el Borda, finalmente, como a la música apasionada que tanto podía tocar en una banda de rock como en el mejor ensamble de cámara. Un día, finalmente, se nos fue para Cuba, supuestamente a descansar. Pero no, ella no podía tomar sol tranquila en Varadero sin ver lo que pasaba a su alrededor. Y ahí partió para La Habana e hizo un recorrido audaz y temerario por las casas de Hilda Molina, de Osvaldo Payá, de los punks contestatarios. Anduvo en guagua, tomó fotos, grabó testimonios y filmó escenas que todavía nadie se había atrevido a registrar. La forma en que trajo y difundió sus crónicas inolvidables merece otro capítulo que no voy a contar ahora y que ya otros periodistas han relatado mejor que yo. Solo quiero decir que ahora que Andrea Sambuccetti se nos va, convocada por gente que supo apreciar más que otros su enorme valor profesional, la vamos a extrañar. Los que la admirábamos y la queríamos, los que la envidiaban un poquito, los que se asombraban día a día con los temas que tiraba sobre la mesa de redacción. Andrea fue entre nosotros, y lo seguirá siendo, adonde vaya, "una periodista de raza".

lunes 24 de marzo de 2008

Tu perro, tu caca

¿Alguien recuerda el ingenioso eslogan que utilizó el gobierno porteño de Fernando de la Rúa, si la memoria no me traiciona, para concienciar a los ciudadanos de Buenos Aires para que levantaran las deposiciones de sus mascotas? Sí, seguramente se acuerdan de la frase… de lo que nadie habla es de los resultados que la supuesta campaña tuvo. Pues ninguno, al igual que las otras mal llamadas “campañas” que los gobiernos de turno implementaron a expensas de los contribuyentes. Los cestos negros con el simpático perrito dibujado, que además, oh maravilla, expendían bolsitas al tono (esas eran de Ibarra, o mejor, dicho, de un amigo de Ibarra), y tantas otras bellezas por el estilo.

Los porteños seguimos siendo un pueblo que camina mirando para abajo, no tanto por la folklórica melancolía tanguera, sino para evitar pisar los restos orgánicos que los cada vez más numerosos canes abandonan a su paso por las veredas. Y salvo alguno que otro ciudadano formado seguramente en ciudades europeas o norteamericanas (donde las campañas sí se hicieron sentir) lleva la bolsita y la palita, o simplemente el papel de diario, para recoger lo que su amado perrito “depuso”. La mayoría silba bajito y se va mirando orgullosamente al frente, o no, abajo, por si otro animalito pasó por esa vereda antes que el suyo.

¿Es tan difícil hacer que los guardias urbanos, los policías, los inspectores sanitarios y/o cualquier otro funcionario de la Ciudad tenga el poder de reprender al dueño de la mascota que no recoge las excretas? ¿Y que pueda llevarse un registro de esos “apercibimientos”, para que a la segunda infracción se pueda multar al descuidado? ¿Es posible empezar la campaña haciendo conciencia en los niños de edad escolar, y que sean los niños los que les recuerden a sus padres desmemoriados que no levantaron el “popó” de Toby? ¿O será que una campaña de educación ciudadana, acompañada de sanciones efectivas, no beneficia a ningún empresario amigo?

Un dato a tener en cuenta, además: en Buenos Aires, hay cada vez más perros y menos niños… Es hora de que los pocos infantes que quedan puedan empezar a mirar para arriba, para que vean el cielo de la ciudad, las cúpulas, los balcones, los árboles añosos y, por qué no, otra vez alguno que otro afiche que recuerde a los olvidadizos que lo que hace tu perrito, es tuyo, no del vecino…