sábado 23 de febrero de 2008

¿Arte callejero o mendicidad disfrazada?

Acababa de salir de un penoso viaje en subte durante el cual un lastimoso personaje de los que lamentablemente pueblan las calles de Buenos Aires había masacrado un charango intentando cantar una canción irreconocible para conseguir algunas monedas, cuando me encontré, en el túnel que une la línea E con la D, con un conjunto de jóvenes músicos que ejecutaban con gracia y dedicación un tema folklórico con instrumentos clásicos. No alcancé a quedarme a escucharlos: estaba apurada, como casi todos esa hora de la mañana. Pero con alivio deposité al pasar una moneda en la caja abierta del violín, y los miré con cierta ternura, cargada todavía del peso en el corazón que me había producido el atentado contra el arte del que había sido testigo previamente.

No me malinterpreten, no. No hablo contra el pobre hombre que creyó que tenía que salir a buscarse la vida de esa penosa manera. Me duele que se bastardice el arte, que se crea que cualquiera puede cantar o tocar un instrumento para que otros escuchen (bajo la ducha, todos cantamos, no me opongo). Me subleva que alguno piense que empuñar una guitarra o una flauta obliga a otros a "pagar" por el servicio...

Porque artistas callejeros hay muchos, y algunos realmente buenos. Más allá de las preferencias musicales de cada uno, cabe recordar que Edith Piaf y otros más cercanos, como Kevin Johansen o el propio Arjona, empezaron recorriendo calles y trenes. Algunos inclusive fueron consagrados por otros artistas, como el hombre de la publicidad de Metrovías cuyo nombre ahora no recuerdo, o la chica que canta tangos en el colectivo 29 y que fue registrada y entrevistada por una periodista amiga. Y muchos de ellos tocan o cantan para ganarse el pan, o al menos, para pagarse los estudios de música.

Lo que me duele es la mentira, la medicidad disfrazada de otra cosa, la banalización de algo tan inherente a la cultura humana como es la música. Y lo que me revienta, directamente, es cuando un adulto ya degenerado por la corrupción obliga a un niño a exhibirse frente a los otros para conseguir una forzada simpatía. "Ahora les voy a cantar una canción", y arranca el irreconocible carnavalito o la cumbia de moda... "¿Me aplauden?". No, no te aplaudo, y tengo que contener mis ganas de ir a surtir a patadas al delincuente que te mandó a "cantar".

¿Me vendés algo? Te lo compro, porque tu trabajo es digno, aunque sea para otro (esto ya es tema para una reflexión más amplia, obviamente). Pero no me digan que sos un pequeño artista callejero, una promesa, un momento para agradecer y celebrar.

A los anónimos artistas que me colmaron el alma en el pasaje subterráneo, ¡muchas gracias!

1 comentarios:

rosa dijo...

es cierto que nos obligan a dar monedas a un espectàculo penoso, a veces es preferible que pidan monedas y listo. bien por los espectàculos buenos en los subtes, como el pelado de la estaciòn Pueyrredòn de la linea D. divino blog.