lunes, 24 de marzo de 2008

Tu perro, tu caca

¿Alguien recuerda el ingenioso eslogan que utilizó el gobierno porteño de Fernando de la Rúa, si la memoria no me traiciona, para concienciar a los ciudadanos de Buenos Aires para que levantaran las deposiciones de sus mascotas? Sí, seguramente se acuerdan de la frase… de lo que nadie habla es de los resultados que la supuesta campaña tuvo. Pues ninguno, al igual que las otras mal llamadas “campañas” que los gobiernos de turno implementaron a expensas de los contribuyentes. Los cestos negros con el simpático perrito dibujado, que además, oh maravilla, expendían bolsitas al tono (esas eran de Ibarra, o mejor, dicho, de un amigo de Ibarra), y tantas otras bellezas por el estilo.

Los porteños seguimos siendo un pueblo que camina mirando para abajo, no tanto por la folklórica melancolía tanguera, sino para evitar pisar los restos orgánicos que los cada vez más numerosos canes abandonan a su paso por las veredas. Y salvo alguno que otro ciudadano formado seguramente en ciudades europeas o norteamericanas (donde las campañas sí se hicieron sentir) lleva la bolsita y la palita, o simplemente el papel de diario, para recoger lo que su amado perrito “depuso”. La mayoría silba bajito y se va mirando orgullosamente al frente, o no, abajo, por si otro animalito pasó por esa vereda antes que el suyo.

¿Es tan difícil hacer que los guardias urbanos, los policías, los inspectores sanitarios y/o cualquier otro funcionario de la Ciudad tenga el poder de reprender al dueño de la mascota que no recoge las excretas? ¿Y que pueda llevarse un registro de esos “apercibimientos”, para que a la segunda infracción se pueda multar al descuidado? ¿Es posible empezar la campaña haciendo conciencia en los niños de edad escolar, y que sean los niños los que les recuerden a sus padres desmemoriados que no levantaron el “popó” de Toby? ¿O será que una campaña de educación ciudadana, acompañada de sanciones efectivas, no beneficia a ningún empresario amigo?

Un dato a tener en cuenta, además: en Buenos Aires, hay cada vez más perros y menos niños… Es hora de que los pocos infantes que quedan puedan empezar a mirar para arriba, para que vean el cielo de la ciudad, las cúpulas, los balcones, los árboles añosos y, por qué no, otra vez alguno que otro afiche que recuerde a los olvidadizos que lo que hace tu perrito, es tuyo, no del vecino…

viernes, 14 de marzo de 2008

Gracias, Jane

“I’m 68, not bad, hein?” Y Jane Fonda nos sonríe desde la publicidad de una crema antiage con mirada cómplice desde sus espléndidos 68, a nosotras, que todavía no llegamos ahí ni por las tapas, pero que nos sentimos hechas mierda, con la autoestima por el piso, con la cuenta del psicólogo al rojo vivo y con todas las ganas de volver a vivir otra vez algo parecido a las famosas mariposas en el estómago. Sí, Jane, no están mal tus 68, y no está nada mal que nos recuerdes que hay vida después de los cincuenta, de los sesenta, y por qué no, de los setenta y los ochenta.

La verdad es que Jane nos inspiró a muchas de las que la conocimos cuando seducía al ángel en la inolvidable Barbarella, cuando hacía de informante de un crimen político en Kute, cuando se manifestaba contra Vietnam e incluso cuando se erigía en la pionera del workout y de la vida sana. Y la seguimos (yo, en particular), cuando desde un libro para embarazadas confesaba sus pecadillos de juventud y contaba cómo había llegado al equilibrio que mostraba en sus años maduros. Sí, Jane, fuiste de alguna manera nuestra heroína, y por eso ahora te agradecemos que te sumes a las campañas para decirnos que no estamos muertas, que no somos descartables, que la divina juventud no es la única etapa de la vida en la que podemos sentirnos vivas y, sobre todo, bellas.

Porque Jane es bella: no con la belleza de las caras plásticas que nos miran desde la pantalla chica y la mayoría de las fotos de revistas de celebrities, sino con la hermosura serena y vital de una mujer que se atrevió a desafiar los años sin esclavizarse en la camilla de los cirujanos. Gracias, Jane, por recordarnos que podemos seguir siendo, con las marcas que nos dejó la vida, siempre nosotras mismas.