Esta mañana tuve un percance insignificante, de esos que ni vale la pena mencionar, pero que me inspiró para hacer esta entrada. Resulta que como todas las mañanas-madrugadas de sábado llegué a San Martín y me dirigí rápidamente al McDonald's, para desayunar antes de ir a dar mis seis horas corridas de clase. Después de una hora y media de viaje y tres cambios de bus, mi coordinación motriz viene en picada, así que al subir al primer piso con mi café recién servido apoyé mal la bandeja y desparramé la totalidad del líquido sobre mi mesa, las sillas y todo lo que las rodeaba. Abochornada, bajé resuelta a explicar el problema y a pagar un segundo café, ya que sin mi dosis diaria de cafeína no acierto a sostener la mañana. La manager de turno, muy amablemente, me dijo que pidiera otro y que ya iban a ir a limpiar el desastre. Para mi sorpresa, me lo sirvieron diligentemente y no me quisieron cobrar.
Fue entonces cuando pensé, "claro, es lo que corresponde". Un accidente es un accidente, y la empresa que cuida a sus clientes se los hace saber de esta manera. No correspondía que tuviera que comprar otro café, pero el maltrato al que estamos acostumbrados me hacía pensar lo contrario. Bien por su política de "costumer" (con perdón), bien por no hacerme sentir más tonta de lo que ya me sentía, bien por haberme ganado para el resto de las madrugadas de sábado. Me gusta.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada